La Infección por el virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) es un ejemplo de como la investigación puede repercutir en la calidad de vida de las personas y en pocos años producir cambios muy importantes. Si en los primeros años de la epidemia le hubiéramos preguntado a un especialista en Infección VIH cuál era la situación clínica general de sus pacientes, nos hubiera  hablado de todos los problemas y patologías asociadas a la evolución de la infección, y entre ellas hubiera estado el Síndrome Consuntivo.

Este proceso hace referencia a un paciente extremadamente delgado y con desnutrición grave (caquexia), que podía presentar atrofia muscular, debilidad, fatiga, y con frecuencia anorexia. Los estudios publicados en los años 90 hablaban de un 25% de pacientes con VIH que aun estando con tratamiento podían presentar este tipo de problemas. Las pérdidas de peso y masa muscular se acentuaban cuando los pacientes presentaban alguna de las infecciones oportunistas, como la tuberculosis o la candidiasis esofágica.

La aparición de la triple terapia antirretroviral a finales de la década de los 90 marcó un hito importante en el control de la enfermedad, evitando el fallecimiento de los pacientes y propiciando cambios rápidos e importantes en su estado físico, con recuperación del peso perdido. Sin embargo, pocos años después se puso de manifiesto un nuevo problema relacionado con los primeros fármacos disponibles que se denomina lipodistrofia. La lipodistrofia consistía en cambios en la distribución de la grasa corporal, con pérdida de la grasa en cara y extremidades, asociado con frecuencia con un incremento de la grasa visceral intraabdominal y en la parte posterior del cuello. Se daba la paradoja de que los pacientes que recuperaban su función inmunológica tras controlar la replicación viral presentaban un aspecto de delgadez facial extrema que les hacía parecer más enfermos y generaba importantes problemas psicológicos.

Afortunadamente, los nuevos fármacos antirretrovirales desarrollados en los últimos años han permitido un mejor control del virus con menos efectos secundarios, evitando la aparición de lipodistrofia, lo que claramente ha repercutido en la vida de los pacientes. Hoy se dispone de varias opciones terapéuticas que consiguen recuperar la respuesta inmunológica del paciente, evitando así las infecciones oportunistas. Son pautas de tratamiento sencillas y fáciles de integrar en la vida diaria, por lo que ha mejorado mucho la adherencia de los pacientes a su tratamiento. Pero además presentan menos efectos secundarios, como son las náuseas y la diarrea, que repercutían también en el estado nutricional de los pacientes.

Todos estos cambios nos sitúan en un contexto muy diferente, hoy el médico especialista en VIH nos dirá que sus pacientes presentan el mismo “mal” que una gran parte de la población, el sobrepeso o la obesidad. La caquexia ha dejado de ser un problema porque los pacientes han mejorado desde el punto de vista metabólico, pero ahora tienen dificultades para controlar su peso y sus niveles de lípidos. Hablamos ahora de los problemas más frecuentes en nuestra sociedad, derivados de la alimentación inadecuada y el sedentarismo, que si bien son importantes para la calidad de vida del paciente VIH, no suponen para él un estigma como lo fue la caquexia.

Autoras: Dra. Asunción Hernando y Dra. Margarita Rubio. Profesoras de Epidemiología. Universidad Europea de Madrid.

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