Según las Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad es una enfermedad catalogada como epidemia mundial en el siglo XXI. Las cifras hablan por sí solas y nos cuentan que la obesidad es una epidemia que afecta, tanto a la población adulta, como a la población infantil. A escala mundial: mil millones de adultos tienen sobrepeso, más de 300 millones son obesos, y hay más de 42 millones de menores de cinco años con sobrepeso. En la actualidad, este problema está presente no sólo en países desarrollados sino también en los países de ingresos bajos y medianos, y constituye uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI. En países subdesarrollados, paradójicamente el hambre, el incremento en peso y la obesidad coexisten, dándose una asociación entre obesidad y enfermedades crónicas relacionadas con la dieta, tales como diabetes mellitus, enfermedades cardiovasculares, hipertensión y algunos tipos de cánceres. Se puede indicar que a escala mundial, el sobrepeso y la obesidad crean ya tantos problemas como el hambre.

¿Cómo sabemos si estamos obesos o tenemos sobrepeso?

Hay un indicador muy sencillo conocido como el índice de masa corporal (ICM), que relaciona el peso y la altura. Este valor nos informa de manera indirecta sobre la acumulación anormal o excesiva de grasa, que puede ser perjudicial para la salud en la población adulta de todas las edades y para ambos sexos. El IMC tiene la ventaja de que se calcula de manera muy fácil. Basta con dividir el peso en kilos entre el cuadrado de la altura en metros. Según la definición de la OMS, un IMC igual o superior a 25 determina sobrepeso y un IMC igual o superior a 30 determina obesidad.

Todo el mundo sabe que la tendencia actual a nivel mundial es que cada vez estamos más gordos; si bien las causas de esta tendencia son poco conocidas. Las razones aludidas más frecuentemente, y en las cuáles casi todo el mundo cree, son tanto el incremento en el aporte calórico como la vida sedentaria o la falta de ejercicio físico. Estas costumbres producen un desequilibrio energético que desemboca en el aumento de peso. Se habla incluso de que la obesidad es un problema de educación. Sin embargo, si profundizamos en las causas nos damos cuenta que ni la dieta, ni una vida sedentaria, ni la mala educación alimentaria son suficientes para explicar por qué la obesidad se ha incrementado y sigue creciendo a nivel mundial.

En las últimas décadas los científicos se han preguntado sobre los factores que puedan explicar el aumento de la obesidad, y sin descartar la dieta, el ejercicio, ni la educación, también se han planteado la posibilidad de que existan otros factores que ejerzan un papel significativo y complementario en el desarrollo de la obesidad. A este respecto, los científicos han identificado dos factores adicionales que pueden predisponer a desarrollar obesidad: i) la interacción del medio ambiente con la genética del individuo, conocido como epigenética, y ii) la exposición a compuestos medioambientales durante su vida.

En 2002, Baillie-Hamilton (1) revisó los datos sobre la obesidad en los últimos 40 años y documentó que el aumento de la epidemia coincidía con un marcado incremento en el uso de productos químicos industriales, incluyendo los pesticidas. A partir de estos y otros datos, se postuló la hipótesis en la que se planteaba una relación causal entre el aumento de ciertos químicos ambientales y el aumento de la frecuencia de la obesidad en la población. Estas sustancias químicas se conocen con el término de obesógenos, y fueron por primera vez nombradas así por el profesor Dr. Bruce Blumberg (2), de la Universidad de California in Irvine. El equipo del Dr. Blumberg ha publicado recientemente diversos artículos en revistas de endocrinología donde documenta que los efectos de la tributilina durante el desarrollo fetal predisponen a las células madre a convertirse en células que acumulan grasas (adipocitos). Otros investigadores han documentado que la exposición a compuestos ambientales tales como el bisfenol A, los ftalatos o algunos compuestos naturales, tales como la genisteína, provocaban alteraciones en el desarrollo normal del tejido adiposo, en la ingesta de alimento, así como en el metabolismo de los lípidos. Dichas sustancias obesógenas están presentes en el medio ambiente como contaminantes, y una vez incorporadas en el organismo, pueden interferir con complejos mecanismos de señalización neuroendocrina, produciendo efectos adversos sobre la regulación y metabolismo de los lípidos, y en muchos otros procesos.

Los obesógenos forman parte de un grupo de sustancias químicas conocidas como “disruptores” endocrinos, que interfieren con nuestro sistema hormonal, causando alteraciones a todos los niveles de nuestro metabolismo. La gran mayoría de estas sustancias han sido sintetizadas por el hombre en el laboratorio, y se han usado en muy diversos procesos, tales como en la agricultura, en la alimentación, en el entorno doméstico e incluso como productos farmacéuticos. Esto nos demuestra que los obesógenos son sustancias cercanas en nuestro quehacer diario. Por tanto, un gran número de estas sustancias ha aparecido en el medio ambiente en los últimos 100 años, por lo que las consecuencias de su presencia son todavía desconocidas. Si bien no podemos hacer responsables a los obesógenos de la epidemia mundial de obesidad y otras enfermedades metabólicas asociadas (ej. diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares), si debemos tener en cuenta las evidencias científicas existentes que muestran que pueden existir otro agentes causales, entre los cuales, no podemos descartar la exposición a los obesógenos, sobre todo entre las poblaciones más susceptibles.

Además, con el fin de diseñar estrategias que nos permitan evaluar el riesgo real y elaborar medidas para prevenir la exposición a estos obesógenos, la comunidad científica no sólo sigue investigando los efectos toxicológicos, eco-toxicológicos y epigenéticos de los obesógenos sobre el metabolismo de los lípidos, sino que cada vez se está preocupando más en identificar y caracterizar el destino medioambiental, cómo se transportan estas sustancias y cuál es el nivel de exposición en humanos.

Algunos ejemplos de posibles obesógenos en humanos:

Los avances científicos se van acumulando lentamente, y pese a la dificultad de financiación, la comunidad científica ha identificado algunas sustancias como potencialmente obesógenas. Así, los datos más significativos y directos se han obtenido de varias clases de fármacos que se han relacionado con el aumento de peso y la obesidad en los seres humanos. Entre ellos se encuentran algunos fármacos antidiabéticos (ej. Tiazolidindiona), antidepresivos tricíclicos, inhibidores de la recaptación de serotonina y medicamentos anti-psicóticos atípicos como la olanzapina. Teniendo en cuenta que la exposición a estos fármacos ha provocado obesidad en humanos, cualquier sustancia que active las mismas rutas de señalización (ej. a través del receptor nuclear PPRg) podrían provocar obesidad. Un ejemplo de este tipo de sustancias, serían los compuestos órgano-estáñicos, como el tributil-estaño (TBT), monobutil-estaño (MBT) y tifenilestaño (TPT), que son compuestos que se utilizan en el revestimiento de embarcaciones, en la industria de la madera, en sistemas conductores de agua, y como fungicidas.

Otros ejemplos de obesógenos potenciales en humanos, se han evidenciado en estudios utilizando ratones de laboratorio. Cabe destacar la sustancia conocida como Bisfenol A, ya que se usa en muchos productos alimentarios y en una gran variedad de productos de consumo, y el grado de exposición a la población es potencialmente muy elevado. Otro grupo serían los ftalatos, que son compuestos sintéticos derivados del ácido tálico, que se utilizan en la industria de los plásticos, en la fabricación de productos de cosmética, de juguetes y de lubricantes.

¿Qué podemos hacer?

Sería prudente y beneficioso seguir los consejos que el Dr. Blumberg recomendó en la entrevista publicada en 2012 en la prestigiosa revista científica Environmental Health Perspectives: “minimizar en lo posible la exposición en cualquier etapa de nuestra vida a estos productos químicos llamados obesógenos”.

Como conclusión; que cada uno valore sus estilos de vida y la posible exposición a estos compuestos y diseñe un plan para evitar el contacto, al menos con aquellas sustancias que estén identificadas por la comunidad científica como potenciales obesógenos en humanos.

REFERENCIAS:

  1. Baillie-Hamilton, P. F. Chemical toxins: a hypothesis to explain the global obesity epidemic. J Altern Complement Med 8, 185–192 (2002).
  2. Grun, F and Blumberg B. Environmental Obesogens: Organotins and Endocrine Disruption via Nuclear Receptor Signaling. Endocrinology 147, s50–s55 (2006).
  3. http://www.who.int/topics/obesity/es

Dra. Apolonia Novillo Villajos

Universidad Europea de Madrid

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